Moving Back Home

Ya han pasado dos años desde que llegamos a California tras un paréntesis de otro año viviendo y trabajando en Madrid. El blog sigue su curso, esta vez más centrado en este "life'changing event" que nos está pasando. Y como siempre (o casi)el blog sigue llegando...¡¡¡EN ESPAÑOL!!! Sumamos y seguimos, y añadimos un nuevo miembro a nuestra familia: Sarita Do-Fernández.

Ya hemos vuelto a casa hace 4 días y pese a no parar ni un instante para recuperar el resuello parece que mi lista de cosas por hacer, muy al contrario de disminuir, incrementa con cada nuevo amanecer. Amaneceres que vemos en primera plana ya que todavía seguimos levantandonos a las 4.30 am para aprovechar unas poquitas horas de sueño de la ex-bebé transformada en niña por obra y gracia del paso del tiempo. Sara nos deja hacer y deshacer mientras duerme, pero una vez que se despierta, la lista se queda estancada, y es que nos da tanto trabajo ahora que gatea... Aun nos queda limpiar el polvo, hacer la compra, planear los detalles de la celebración de su cumple el próximo sábado, encargar que nos impriman las fotos del verano, comprar cosas para la clase y los alumnos que conoceremos en 7 días, limpiar el coche (por dentro y por fuera), adecentar el jardín, hacer comida para Sara y dejarla congelada, e ir al ayuntamiento a poner una reclamación (larga historia).

El pasado viernes nos invitaron a mi amiga Sonia y a mí a comer al Google plex. Para quienes no sepan qué es eso, se trata de un campus de oficinas de la empresa Google al que indefectiblemente voy a parar cada vez que sigo uno de sus mapas y me pierdo, qué ironía, ¿verdad? Está en la ciudad de Mountain View, pegadito a la bahía de San Francisco y rodeado aparte de por agua por un costado, de explanadas verdes y arbolado. Ni casas, ni tiendas, ni nada. Tecnología punta en medio de la bahía de San Francisco.


El 2008 se nos va, como lo hacen todos por estas fechas, y al hacerlo a mí siempre me da por elaborar el balance de los días que caducan y pronósticos para los que están por estrenar.
No me gusta la fiesta de acción de gracias. Para empezar, no me gusta el pavo, que lo haga quien lo haga y se pongan como se pongan, es seco. Ni el relleno, ni la salsa de arándanos, ni el hecho de que los ingleses que llegaron abordo del Mayflower y los indios americanos seguramente comieran marisco, más propio de la zona de Plymouth que el pavo, y bueno, eso suponiendo que comieran en comandita y armoniosamente.
Primeras veces. Cambio. Pasar de un estado a otro. Eso es lo que últimamente me da la impresión que hacemos por estos lares.
Las profundidades de internet a veces se me antojan insodables. Cuando sentía que estaba ya todo inventado en este terreno, aun a sabiendas de que no lo está, y cuando empezaba a hacerme a la idea de que yo ya no necesitaba nada más, va televisión Española y me pone un menú de su programación a la carta, para poder acceder a los programas que yo quiera y cuando quiera, hasta donde quiera siempre y cuando tenga acceso a internet. He comprado un cable, he conectado mi imac a la tele de alta definición et voilá, veo el telediario como si en lugar de estar en California estuviera en El Escorial.
A veces la vida pasa de puntillas y sin hacerse notar. Pasa como una mirada de soslayo, se desliza como una sombra en la penumbra, apenas perceptible. Así está pasando este otoño, con octubre ya acabado y noviembre a estrenar. Sin estrépitos, ni tormentas, ni olas de calor, con sonrisas y sin lágrimas. Pasa el otoño con sus días cayendo como un castillo de naipes soplado por el viento, como un hilillo de agua que se escapa por una grieta, como la araña silenciosa y ligera que mora en las esquinas. Leve como el vuelo del diente de leon.
Esta mañana, cuando el despertador marcaba las 9:15, me han despertado los gruñiditos de Sara, que se desperezaba en su cunita, aún a caballo entre el sueño y la vigilia. Me he asomado por encima desde mi cama y he visto como sus dos ojitos batían los párpados como alas de mariposa, despacito al principio, y más rápido después. Hemos saludado al sol, a las cosas de la habitación y a la nena, y poco a poco, al ir reconociendo que estaba despieta y con mamá, Sara me ha obsequiado con la más grande y la más desdentada de las sonrisas, para luego regalarme ajo, ajo y más ajo. Habla por los codos, pone las caras más risueñas que he vsito en mi vida, me reconoce, se muestra feliz, y yo no quepo en mí misma de felicidad. Podría pasarme así mirándola toda la vida, con ella en brazos, toda la eternidad. Es tan tierna, tan cálida, tan inocente, y huele tan bien... Me la como a besos sin miedo a que se gaste, apurando cada minuto de esta fase, que no sé cuánto durará, con curiosidad por saber qué deparará la próxima pero sin prisa por que llegue, ya que sé que en algún momento se acabarán sus "ajos" para dar paso a otras cosas mejores.
Es refrescante y sorprendente mirar lo que vemos cotidianamente a través de los ojos de aquel que lo mira por primera vez. Ahora que paseo a solas con Sara y no de la mano de mi madre repaso todo aquello que le llamó la atención durante su estancia: los árboles de júpiter, las ventanas sin visillos de las casas, la falta de ancianos en los parques jugando con sus nietos... ¿Cómo es posible que Conchi reparase en tantísimas cosas que yo, después de haber pasado 7 años camino de 8 aquí nunca he notado? Gracias a ella, ahora lo veo todo distinto, lo cual es enriquicedor pero al mismo tiempo deprimente, deprimente porque la echo más de menos. Ahora cada cosa y cada lugar me recuerdan a ella, y lo que no me recuerda a ella, me da lástima porque ella no lo vio. A pesar de mis esfuerzos porque ella lo viera todo, siempre se quedan cosas en el tintero. Me gusta fantasear y pensar que puedo empezar a hacer una nueva lista como la que hice en junio y anotar en ella todas esas cosas que le enseñaría en una futura visita, pero sé que eso es muy difícil, por no decir imposible. Al mismo tiempo, sigo manteniendo la esperanza de que no hubiera necesidad de otra visita porque dentro de no tanto tiempo mi pequeña familia yankee y yo estaremos en Madrid aposentados de por vida. Y a todas estas reflexiones llego paseando por las calles de San José, viendo sus rincones fotografiados e inmortalizados en vídeo por mi madre, que siempre me da otra perspectiva ante las cosas.
Hoy no he salido de casa, bueno, no hemos salido de casa ni Sara ni yo. El día ha sido gris, muy nublado y frío, lleno de siestas de Sara y horas de su sueño aprovechdas para cocinar, lavar pijamas y bodies, adecentar la casa... Son las cinco de la tarde y apenas acabo de terminar de arreglarme. Aunque no sé si saldré de casa, me obligo a mí misma a pintarme "el ojo" cada día, a no dejarme, a que cuando venga Vinh a casa se lleve una sorpresa agradable al verme. Pero en días como hoy no es fácil. Las horas se me escapan como arena en un reloj y a pesar del paso del tiempo y de todo lo que durante ellas hago, nada cambia a mi alrededor.
¿Qué esconde el llanto de un bebé? Hambre tal vez, un pañal sucio, ganas de mimos, fiebre, gases quizá, sueño, cansancio... Su llanto esconde lágrimas, desconsuelo y muchas dudas, de los padres porque apenas aprendemos a diferenciar unos llantos de otros, pero seguimos sin tenerlo dominado al cien por cien. A veces esconde nervios, frustración, enfado, desesperación, esperanza, insitinto, miedo; "¿Lo estaremos haciendo bien?" Uno no sabe cómo ayudar, qué hacer, qué no hacer... ¿La estaremos mal acostumbrando si la cogemos en brazos? ¿Estaremos siendo crueles y fríos si la dejamos llorar?

Esta última semana me ha dado la impresión creciente por momentos de que el tiempo es líquido que se me escapa por entre las grietas de las horas, vapor que se esfuma por las esquinas de los minutos, y arena que se precipita al vacío de los segundos. Lo contemplo esclava del reloj de muñeca, del de la mesilla de noche de Vinh, del del ordenador o el móvil. 2 horas, con suerte 3 o en ocasiones hasta 4. Períodos de tiempo que se suceden monótonamente hasta completar el circulo de las 24 horas. 30 minutos de toma de pecho iniciados por un llanto medio endfadado, seguidos por otros 30 de "provechitos con palmaditas en la espalda" y cambio de pañales, alguna siesta ocasional o más llantos y más paseos con la niña por la casa. Y cuando por fin se duerme, se crea o no, ya toca empezar otra vez: otra toma iniciada por llantos, otros provechitos y otro pañal... y vuelta a empezar.



La fecha en la que conoceremos a Sara se va aproximando a ritmo vertiginoso. El momento en que ese día llegue, se terminó mi relación de exclusividad con mi niña. Ahora sólo yo tengo el provilegio de sentir cada movimiento que hace, cada hipo, cada patada, cada bofetón que me da con sus mini-manos, sus mini-codos y sus mini-pies. Sólo yo me levanto, me ducho, me acuesto y nado con ella. Sólo yo y mis sonidos le somos familiares. Cuando Sara abandone la "nave nodriza" todo el mundo la verá, la sentirá, la escuchará, la mimará. Se acabó mi Sarita sólo para mí. Tendré que compartirla con toda la gente que ya la quiere.

Si el otro día hablaba de "espera", hoy tengo que hablar de su prima "esperanza". Y es que yo no sé si caduca, si se va y luego puede regresar, o si se marcha para nunca volver. No debería ser esto último. Estamos hablando de "esperanza", y bien es sabido que es lo último que se pierde. Pero claro, al mismo tiempo, cuando todo el mundo a mi alrededor parece no tener mucha, me pregunto si yo tengo esperanza en demasía, o si soy una pobre infeliz e ilusa alma cándida que se niega a ver lo que los demás señalan y apuntan como algo concreto. Vinh y mis padres parecen haberla perdido, y no sé si en sus casos volverá. Yo me niego a perderla. La guardaré en una cajita, al lado de mi almohada, por la que pasan los sueños. La esperanza de volver, aunque no sepa ni cuándo ni como. Si pierdo esa esperanza, creo que lo perderé todo. Me da un poco lo mismo si otros lo ven como un engaño o como un mecanismo de supervivencia, porque sea lo que sea, lo necesito para seguir. Que mis padres y Vinh la hayan perdido no significa que yo también lo tenga que hacer. No todavía. No así.
Creo que todos nosotros siempre estamos esperando en la vida: esperando eventos, esperando a gente, esperando en general. Y aunque el dicho afirma que el que espera, desespera, y ese no es mi caso, sí es cierto que tanta espera empieza a ponerme nerviosa, pese a estar de vacaciones y muy relajada de no ser por el devenir de los minutos. Esperamos a Conchi. Apenas 20 días para recogerla en el aeropuerto. Esperamos que la ecografía del día 9 de julio corrobore que el alien está cabeza abajo. Esperamos a Sara, cómo no. Hemos estado esperando ya 36 semanas, y ahora que supuestamente sólo quedan 4 semanas, la espera se nota más que nunca. Esperamos que esté perfectamente bien. Espero que mi padre no se ponga demasiado nervioso ni ansioso, o que lo sobrelleve bien. Espero noticias de los amigos que se fueron a España. Espero a los que regresan poquito a poco en estos meses de verano. Espero que la navidad llegue pronto. Espero poder seguir escribiendo en el blog. Espero tener tiempo para Vinh. Espero hacerlo bien como mamá. Espero tener inquietudes más allá de la maternidad, y espero seguir esperando cosas, muchas cosas de la vida.
Por el humo se sabe dónde está el fuego. Aquí al norte de California, por todas partes alrededor de la Bahía de San Francisco, se sabe que el fuego arde, va comiendo terreno a casas, a parques nacionales, al paisaje y a la vida salvaje que siempre lo adorna y que tan especial torna la geografía de esta costa oeste californiana, que a fuerza de ver año tras año me ha convencido y enamorado. Algunos han comenzado por descuidos de domingueros, al igual que en España. Otros, por tormentas eléctricas que no dejan ni gota de agua pero sí rayos. Y todos son alimentados por la sequedad del terreno. Este año apenas ha llovido en otoño, invierno o primavera, y pese a que el calor nos da tregua, el fuego no lo hace. Es horrible escuchar en las noticias cómo la calidad del aire es peor cada día, cómo recomiendan a la población de riesgo -niños, mayores y embarazadas- que nos quedemos en casa o que no pasemos demasiado tiempo al aire libre. Peor aun levantarse por la mañana y ver un cielo que parece nublado pero que en realidad está amasando humo venido de todas direcciones, el coche con ceniza por encima, el olor a chamusquina. Pensemos y esperemos que la eficacia y el despliegue de medios típicos de los americanos del que tanta gala hacen en pelis y series sea real y pronto acabe esto.
...déjala correr, pero a ser posible no sobre el ordenador portátil. No ha sido sólo "sobre" el ordenador, sino "por dentro", "alrededor"... por todas partes. Es lo que sucede cuando uno es torpe como lo soy yo y deja caer el contenido de un vaso completo encima del portátil. El pobre portátil está malito. Hace un corto muy extraño, como una especie de amago de encenderse pero que no termina de cuajar. Nuestro amigo Pedro nos ha informado de que hay que intervenir, así que se lo vamos a ceder para que con un pañito y unos destornilladores de precisión se pueda secar y con suerte arreglar este desaguisado que he preparado. Seguiremos informado sobre el estado y evolución (o estancamiento) de mi pobre portátil.
El señor George Michael, que no se prodiga mucho por los escenarios, ayer renegó de su "odio a lo yankee" y tras 17 años de ausencia en el continente, nos deleitó a todos los que le vimos en el San Jose HP Pavilion. Supongo que cuando las arcas de los artistas se vacían, da igual lo que se haya dicho o hecho en tal país: uno vuelve, canta, cobra y todos felices: él por lo mucho que debe ganar con esta gira (no voy a revelar lo que nos hemos gastado en las entradas del que será nuestro último concierto en unos cuantos meses); nosotros, o al menos yo (Vinh no es muy forofo, pero sí un buen marido) por el pedazo de concierto que presenciamos. Siempre fue mi sueño verle y escucharle en directo, sin importarme el repertorio: desde lo más quinqui de su época de Wham a lo más elegante de su "Older" (aquí podéis ver el set list de cacnciones). Ayer escuché al que es sin duda para mí el mejor vocalista en el mundo, todo un crooner inglés que aún conserva intactos su chorro de voz y su sex appeal, gay o hetero, que si bien no deleitó al crítico que hoy publica su columna en el San Jose Mercury News, sí que pareció hacerlo a un estadio que mostró lleno total, y eso que las entradas más caras en taquilla costaban la friolera de $175.
Llegó el verano, llegaron las vacaciones, y llegaron las temperaturas altas. Con todo ello, llegó el primer chapuzón de Sarita. Esta mañana Vinh y yo nos hemos decidido a dar un paseito matutino hasta la universidad, y más concretamente hasta su centro acuático (así lo llaman los muy finolis). Por el módico precio de $3 el chapuzón, hemos hecho unos cuantos largos. Durante un rato largo me he sentido liviana como una pluma, y me he "despojado" de mi tripita. Todo iba muy bien hasta pasada una horita porque nos ambientado la estancia con prácticas de natación sincronizada, lo cual ponía banda sonora a nuestras brazadas tanto debajo del agua como afuera. Pero transcurrida esa hora, ha sido demasiado pa mi body lo de nadar y sentir que me pisaban las costillas. Sarita y yo no nos hemos sincronizado tan bien como las chicas que practicaban, así que nos hemos secado un poquito y nos hemos ido a la cafetería de la uni, a tomarnos el aperitivo mientras veíamos el Alemania-Portugal de la Eurocopa. Mañana repetiremos la gesta, a ver qué tal se nos da. Ay, qué bien se está de vacaciones...
Esta niña tiene el baile de San Vito. No sé yo si va a aguantar 6 semanas más o no, porque a juzgar por cómo se pelea con todo ahí adentro, esto no hay ni bebé ni tripa que lo aguante.
De regalos para Sarita, se entiende. Ayer sábado, nuestros profes favoritos de Los Árboles, la escuela que en el año 200 viera como Vinh y yo nos convertíamos en tortolitos, nos homenajeó con una fiesta súper americana, aunque hubo guiños europeos tmabién. La hija de Del, la bibliotecaria de dicha escuela, ofreció su casa y mucho más: aparte de un cuadro monísimo también nos preparó una tarta con foto y unas tapas para comer. Hasta huevos rellenos había. Para venir de una chica mitad japonesa por parte de padre y mitad portuguesa por parte de madre, no estuvo nada mal. La bebida, yankee a más no poder: ponche con helado de frambuesa. Los regalos: muy Winnie de Pooh, muchos y muy generosos de nuevo. Nos hemos juntado con un montón de tarjetas regalo que queremos usar más adelante para los consabidos pañales y ropita para cuando el bicho sea más grande.
Leo el periódico todos los días. No soy una entendida en economía, pero tampoco soy como esas señoras que dicen que la economía ni les interesa ni les afecta. Bueno, pues últimamente me estoy planteando si ser consciente (medianamente) de lo que pasa a mi alrededor ya me merece la pena o no. Me planteo que a lo mejor más me valía unirme al tren de aquellos que afirman que la ignorancia en la felicidad.

Pues sí. Otro curso más se acaba. Todos los años sucede igual, pero todos los años es distinto. Todos los años se siente la urgencia de mandar a los niños con sus padres y madres a sus casas por allá en el mes de mayo, pero todos los años hay un poco de pena al hacerlo. Este curso he tenido un muy buen grupo de fierecillas. No he hecho mención de ellos en el blog, ni de mis compañeros de ciclo, ni de la escuela... pero no por ningún motivo que no les haga merecedores de tal mención. Ya es sabido que Sara lo acapara todoÑ el blog, mi tiempo, mis conversaciones, sueños, (pesadillas), vídeos y fotos. Todo menos el fin de curso. Dos semanas para ver a mi tropa de 18 fistrillos, a los que diré adiós el 13 de junio, y ese 13 de junio diré adiós también a la escuela, a la que me acogió este año y a cualquier otra en la que pudiera estar el próximo curso.
Hay que fijarse mucho, mucho, mucho, y no quitar ojo a la tripa, que además de moverse acompasadamente con mi respiración, de vez en cuando da unos respingos como enfurecidos. "Eso" es precisamente Sara, que lleva unos días de tregua y me está dejando descansar un poquito más.
Josefa le pidió a Milagros que pronunciara para su hija, la bendición que todas la mujeres de su familia reciben al momento de su nacimiento.“Niña que duermes bajo la mirada de Dios, te deseo que no lo pierdas jamás, que vayas por la vida con la paciencia como tu mejor aliada, que conozcas el placer de la generosidad y la paz de los que no esperan nada, que entiendas tus pesares y sepas acompañar los ajenos. Te deseo una mirada limpia, una boca prudente, una nariz comprensiva, unos oídos incapaces de recordar la intriga, unas lágrimas precisas y atemperadas. Te deseo la fe en una vida eterna y el sosiego que tal fe concede".
“Amén", repitió Josefa profundamente complacida.
Mal de amores. Ángeles Mastretta
